Por Andrés Herrera Esquivel

Al entrar en uno de los pasillos más icónicos de la sede de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en la ciudad de Nueva York, después de las banderas de los muchos países del mundo, se encuentra la imponente obra del mexicano y zacatecano Manuel Felguérez titulada “Agenda 2030”, que busca ser la constancia de un compromiso de México con la paz y el multilateralismo como ejes del desarrollo nacional. Precisamente a lo largo de la historia, México se ha encontrado con el desafío de hacer valer los principios de su política exterior, al mismo tiempo que debe decidir sobre algunos de los asuntos globales más apremiantes del último siglo. Brindar una especial atención al pasado y presente en la relación de estos dos elementos dentro del órgano de toma de decisiones más complejo e importante, es tanto esencial como crítico al momento de diseñar una estrategia a futuro que pueda salvaguardar los principios de política exterior, a la vez que permita impulsar a México como aliado clave en la resolución de conflictos en una sociedad internacional cada vez más compleja.

Dentro de este entramado global, el Consejo de Seguridad es el responsable de mantener la paz y la seguridad internacionales. Tiene la capacidad de infundir decisiones a través de los 193 Estados miembros y autorizar el uso de la fuerza contra quienes transgreden el orden mundial. Está compuesto por 15 miembros de los cuales cinco son permanentes y con derecho de veto (los llamados P5), mientras el resto son elegidos por votación para un periodo de dos años (ONU, s.f.). Desde su fundación en 1945, México ha estado presente en cuatro ocasiones, sumando su quinta en el presente bienio 2021-2022. Su participación y específicamente las decisiones que ha tomado en los primeros tres periodos, han sido motivo de controversia tanto al interior como al exterior del país, fruto de las dificultades de conciliar una política exterior continúa con los retos inherentes de un órgano de tal calibre. Sin embargo, si bien México en algunas ocasiones ha titubeado a la hora de establecer una postura clara y congruente, al final del día siempre ha salido victoriosa la defensa de su tradición. Los aprendizajes que México ha acumulado a lo largo de los años dentro del Consejo – aún siendo estos en su totalidad escasos – son esencialmente claves para poder estructurar una política exterior cada vez más coherente y alineada a los objetivos del país, tal como lo mencionó el director general para la Organización de las Naciones Unidas de la Cancillería mexicana, Eduardo Jaramillo Navarrete, existe una coincidencia entre los principios que rigen la política exterior y el mandato que establece la Carta de las Naciones Unidas (ONU, 2020).

Ahora bien, dando inicio a unas concisas descripciones de cada periodo sobre la relación entre las decisiones de México en el Consejo de Seguridad y su política exterior, en su primera participación como miembro no permanente durante el año 1946, México afirmó su responsabilidad para con los principios del artículo 89 fracción X de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (2021, Artículo 89), los cuales incluyen la autodeterminación de los pueblos, la no intervención, la solución pacífica de las controversias, la proscripción de la amenaza o uso de la fuerza en las relaciones internacionales, la igualdad jurídica de los Estados, la cooperación internacional para el desarrollo, la promoción y protección de los derechos humanos, y la lucha por la paz y la seguridad internacionales.

Por ello, resultó relevante la abstención de México al momento de decidir si establecer el derecho de veto a las potencias ganadoras de la Segunda Guerra Mundial. En tanto, si se analiza hoy en día, la iniciativa franco-mexicana para la restricción del uso del veto que ha logrado la firma de 105 países puede confirmarse que en este aspecto ha existido una defensa irrestricta a los principios (García, 2017). También, dentro de la promoción de métodos de solución alternativos, México propuso la opción de que las controversias entre los P5 pudiesen ser sometidas a consideración de la Asamblea General, buscando fortalecer la igualdad jurídica de los Estados (Héller, 1986 citado por Vautravers-Tosca & González-Valencia, 2012). No obstante, aún con estos esfuerzos alineados a sus principios pero evidentemente fallidos, México decidió retirarse de este escenario por 35 años, si acaso con la sonora declaración del representante Luis Padilla Nervo de “no meterse entre las patas de los caballos”, y si bien los principios se defendieron, el aislacionismo autoimpuesto a causa de las dificultades del Consejo promovió el rechazo durante este periodo de muchos tratados de derechos humanos por el argumento de ser contrarios a la soberanía nacional (Izquierdo, 2020). De igual manera, México se vio con la dificultad de lidiar con el tema de la descolonización de África, al inicio condenó oficialmente el Apartheid en Sudáfrica, pero después no pudo comentar mucho más al respecto al tener muy poca presencia en la región y un muy limitado conocimiento estratégico.

Para cuando llega el bienio 1981-1982 el país pudo ver de cerca la evolución de uno de los momentos más críticos de las relaciones internacionales: la conflagración mundial de la Guerra Fría. Bajo este marco, México afirmó su postura en contra de ambas potencias respecto a la intervención armada de la Unión Soviética en Afganistán, argumentando la defensa del derecho internacional sin evitar por supuesto las tensiones por los dos lados (Ledo, 2002). Así mismo, se vería en este bienio la gestación de muchas problemáticas que actualmente perduran sus repercusiones, tal como el conflicto israelí-palestino o los temas en materia de seguridad y defensa en Centroamérica, que hasta el día de hoy le causan un gran reto a México a la hora de decidir sus posturas (Vautravers-Tosca & González-Valencia, 2012). Finalmente, puede decirse que, en este periodo, México se enfrentó a conflictos cada vez más globales, y debido a que solo había participado como miembro no permanente del Consejo una vez en los últimos 35 años, fue realmente un desafío para el país el volver a familiarizarse con las dinámicas del Consejo y con un mundo bajo el contexto de la Guerra Fría. Aún con ello, no fue suficiente para convencer de que con una mayor planeación y promoción del conocimiento, el impulso del papel de México en el sistema internacional pudiese crecer. En este aspecto, el país se quedaría otros 20 años sin reaparecer en el Consejo.

Serían estos dilemas los que llevarían al ex Presidente Vicente Fox en el 2000 a buscar un tercer periodo durante el bienio 2002-2003, reconociendo que en un mundo cada vez más globalizado, ya no hay asuntos que sean por completo ajenos al interés nacional de un país. Realmente, fue una concertación muy atinada puesto que en ese año México asumió la presidencia del Consejo en pleno inicio y auge de la guerra contra el terrorismo, donde nuevamente tuvo poco éxito al adaptarse de manera rápida al contexto, como con el establecimiento de posturas y guías (Gelóver, 2004). Así mismo, este periodo resultó un verdadero reto puesto que la legitimidad de México en América Latina igual fue puesta a prueba ya que la candidatura fue solicitada con muy poco tiempo de planeación, por lo que generó tensiones con otros candidatos de la región como República Dominicana, a quien ganó la candidatura hasta la segunda ronda de votación (Silva, 2012; Lajous, 2006).

Para sumarle a ello, también durante este bienio, el conflicto en Irak constituyó una de las decisiones más difíciles de entre todas sus participaciones. México se veía con la opción de decidir si apoyar abiertamente a Estados Unidos o no, hecho que sin duda causó discordia dentro de los miembros de la Secretaría de Relaciones Exteriores y de otras Secretarías de Estado. Eventualmente cuando la decisión apostó por ir en contra del apoyo a Estados Unidos, una coalición en conjunto con Gran Bretaña y España intervino en Irak haciendo innecesario el voto del Consejo (Wilson et al, 2005). Aquello trajo tanto beneficios como consecuencias, puesto que dejó a México con la necesidad de apoyar a la coalición con la aprobación del mandato provisional en Irak, dañando seriamente la reputación mexicana en la defensa de sus principios (Vautravers-Tosca & González-Valencia, 2012). Si algo dejó claro este bienio, fue la dificultad del país para conciliar los principios de su política exterior con los entreverados eventos de la comunidad internacional.

Es posible que muchos de estos eventos hayan despertado en México la urgencia de verse incluido con una mayor frecuencia dentro del contexto internacional, con el objetivo de prevenir escenarios donde no pueda adaptarse lo suficientemente rápido o no tenga la capacidad de tomar decisiones legítimas basadas en sus principios. Por tanto, el país participó en su cuarto periodo durante 2009-2010, de esta manera siendo dos en una sola década. Si algo mostró en esta ocasión, es que la experiencia puede recopilarse de esfuerzos pasados. México recuperó y aumentó su reconocimiento internacional al atender prioritariamente situaciones como la mediación y prevención de conflictos, y la promoción de mecanismos de solución de controversias como la Corte Internacional de Justicia.

Ahora que México se encuentra en su quinta participación durante el bienio 2021-2022, en el marco de la dificultad de una crisis sanitaria internacional como el COVID-19, el país puede aprovechar de experiencias pasadas habiendo defendido sus principios, así como de situaciones complejas que presentaron retos en cuestión de rapidez y adaptación. Pero para empezar, es necesario resaltar que en esta última ocasión, México fue el miembro no permanente con mayor cantidad de votos, confirmando así su posicionamiento internacional como defensor de la seguridad internacional (Olabuenaga & Fuente, 2020).

Si la delegación mexicana analiza que muchos de los conflictos en la actualidad dieron inicio durante alguna de sus cuatro participaciones previas dentro del Consejo– como lo es Afganistán, el conflicto israelí-palestino, Haití, Venezuela, Centroamérica – es entonces cuando puede empezar a diseñar estrategias cada vez más holísticas, reales, viables y siempre alineadas a los principios, con la premisa del presente Embajador Ramón de la Fuente (2020) de total apego a los principios de la Carta Magna. En este aspecto, al analizar los aprendizajes de los pasados cuatro periodos, en pocas excepciones se ha transgredido abiertamente los principios de la política exterior mexicana. Sin embargo, para prevenir que en un futuro suceda, y por el contrario, se fomente una mayor promoción de los mismos, México puede empezar a realizar una serie de esfuerzos de sus experiencias a través de sus cuatro bienios.

Para empezar, desde 1946 con la descolonización, México ha constatado la relevancia de los temas africanos en el Consejo, llegando a abarcar más del 50% de los temas de la agenda, pero aún con ello hasta el día de hoy, el país sigue contando con solo ocho embajadas para los 54 países del continente (González, 2020). La futura estrategia de la política exterior mexicana debe considerar como un elemento prioritario aumentar la presencia diplomática en la región como también promover su estudio y análisis dentro del país. Finalmente, de este primer periodo igual se puede rescatar la importancia de que México continúe fortaleciendo los temas donde ha obtenido mayor apoyo internacional, como la propuesta de reducción en el uso del veto, los temas de control del tráfico de armas, o también la seguridad nuclear. Del bienio 1981-1982, podemos destacar la interconexión global y la importancia de la presencia y reputación del país en diferentes regiones. México puede fortalecer vínculos con todos los miembros del Consejo, diseñando estrategias especiales para países con los que tiene menos cooperación, como China, India o Rusia, esto traería beneficios a la posición de México como un mediador efectivo durante las negociaciones (Izquierdo, 2020).

Continuando con el bienio 2002-2003, uno de los aprendizajes más valiosos, fue la importancia de una correcta estrategia de comunicación con todos los niveles de gobierno, esto para evitar decisiones tardías y poco planeadas que puedan dirigir a México a situaciones difíciles de gestionar. En este aspecto, también debe considerarse que si se busca que el país esté presente de manera más continua en este tipo de foros, se debe promover el interés nacional de toda la sociedad para que conozca el valor y beneficio de este tipo de acciones. Para ello, la propuesta de Rosas & Velasco (2009) sobre el diseño de un Proyecto Nacional resulta imprescindible, ya que una estrategia a largo plazo permite seguir fortaleciendo, mientras se acumula mayor experiencia y robustez en las políticas. Los beneficios se ven en la actual participación de México en el Consejo, ya que fue el resultado de una candidatura apoyada durante el transcurso de tres administraciones diferentes. También, durante esta etapa, México pudo darse cuenta de los riesgos de no tener políticas definidas en temas clave del Consejo. Por ejemplo, desde el inicio desde su primera participación, la delegación no había establecido una postura clara respecto a la participación en las operaciones de mantenimiento de la paz, y con la aparición del asunto de Irak y la posibilidad en el futuro de situaciones similares, México no puede arriesgarse a caer desprevenido. Aunque sean temas difíciles de congeniar con los principios de la política exterior, aquello no debe ser una excusa para debatir y repensar ideas que lo puedan hacer posible.

Finalmente, la experiencia del bienio 2009-2010 deja a México con la satisfacción de los buenos resultados que suceden cuando se invierte en el diseño de soluciones y el estudio de los conflictos. En un mundo interconectado, México debe estar consciente de la importancia de cómo todos los problemas y retos globales contribuyen a fortalecer los principios de la política exterior. Al darse cuenta de ello, la realización de muchas de estas propuestas es posibles, al constarse la audacia, compromiso y vasta experiencia del cuerpo diplomático mexicano.

El panorama recae en empezar a diseñar una política más dinámica dentro del Consejo de Seguridad; de la mano del ingenio de un gran equipo y el sólido conocimiento de los principios de la política exterior. Con ello, también se puede planear con mayor rapidez la actualización de temas complejos, demostrando, como lo ha hecho México en años pasados, que una participación continua en el Consejo de Seguridad otorga experiencia, la cual es fundamental al momento de construir estrategias de política exterior efectivas.

Tal como menciona Lajous (2006), si realmente México quiere destacar en un mundo cada vez más complejo, se le debe dar continuidad a la participación sistemática y coherente en los debates del Consejo de Seguridad. Si bien es evidente que México tendrá que definir posiciones, pronunciarse, tomar acciones, intervenir y asumir responsabilidades sobre asuntos polémicos, la dificultad de conciliar aquello con los principios de la política exterior no puede ser un impedimento. Como el país ha demostrado en años previos, si es posible que en los momentos más álgidos de crisis en la sociedad internacional se puedan conciliar decisiones difíciles con los principios de la política exterior. Los 187 países que votaron a favor de México están conscientes de ello, así como la obra de Manuel Felguérez confirma nuestro compromiso con las Naciones Unidas y con nuestro desarrollo nacional.

Andres Herrera Esquivel

Colaborador

México en el sistema internacional

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