La re-politización radicalizada de Estados Unidos y su retorno al mito: Extremismo y multiculturalismo como síntesis histórica

Por: José Daniel Arias Torres

La narrativa estadounidense cuida bien de no llamar “terroristas” a supremacistas raciales que llevan a cabo matanzas indiscriminadas, simplificando el debate, la justificación para no llamar “terrorista” a estas personas, se reduce al hecho de que estas mismas no tienen una agenda política en el sentido tradicional, un elemento clave para poder categorizar a ciertas personas u organizaciones en el concepto de terroristas, y a otras no. Más allá del ya muy explorado y explotado tema sobre las razones políticas para no llamar a un supremacista estadounidense “terrorista”, hay un problema más profundo que atender, y este mismo tiene su génesis en el siguiente cuestionamiento ¿Realmente los perpetradores de matanzas indiscriminadas al interior de los Estados Unidos carecen de una agenda política? La respuesta que propongo es que no, y que su agenda política, a pesar de inconsciente, está enraizada a la propia historia y cultura del país, en esencia, son estos sectores sociales, los que más profundamente se encuentran enraizados al origen de Estados Unidos, y los que ontológicamente hablando se pueden definir como estadounidenses. En esencia, estos sectores sociales, son el lenguaje primordial expresado por Estados Unidos, y que como lenguaje, ha evolucionado hacia otras estructuras de la escritura y del habla, así como el indoeuropeo es el origen de múltiples lenguas hoy habladas en el mundo, estos sectores sociales son el lenguaje arcaico de Estados Unidos, que hoy cohabita con sus deformaciones lingüísticas posmodernas, y habita entre las sombras de las formas del habla multiculturales y liberales que hoy son tendencia de mercado y política, pero que, en esencia, estos sectores sociales terminan siendo raíces etimológicas.

En otras palabras, mi propuesta es que existe un Estados Unidos primordial expresado y simbolizado por estos sectores supremacistas, y un Estados Unidos inventado, por los sectores multiculturales y liberales, que poco, o nada tienen en común, con la idea original de nación estadounidense. En términos hegelianos, al interior de Estados Unidos existe una relación tensa entre tesis y antítesis, cuyo devenir histórico ha desembocado en un país que se descompone axiológicamente desde dentro en esta lucha de significados y significantes, entre una historia original con rumbo moral (ideológica), y una nueva historia que se construye sobre las bases de la fluidez cultural, que en su máxima de “integrar a todos los sectores en el modelo de nación”, termina, por efecto natural, excluyendo a los ideales fundacionales de nación estadounidense expresados y simbolizados por los sectores de odio, que son receptores del odio de quienes buscan un nuevo modelo de nación. Una pregunta necesaria sería ¿Estados Unidos como país podría superar el reto cultural, civilizatorio y ontológico que plantea fundar una nueva nación sobre el cadáver de la idea original de Estados Unidos? O dicho en otras palabras ¿Estados Unidos podría crear un nuevo sistema de identidad y de valores que se oponga a la idea original de nación, sobre una base fluida que, por definición cultural no se define y carece de estructura civilizatoria y axiológica? Pues se debe ser claro, no hay identidad política en el multiculturalismo liberal que hiperindividualiza, y aunque eso, a nivel teórico ya refleja algo político, en la praxis, la acción comunitaria y política es inexistente, al estar segregados en individualidades en sistemas políticos posmodernos a los que Byung-Chul Han llamaría “colmenas”. Estados Unidos se enfrenta al mayor de sus retos, y es encontrar en sus raíces históricas, un nuevo ideal compartido que suture su derrame.   

Estados Unidos es un país inventado cuyo origen es blanco. Es a partir de este punto que se hace necesario establecer diferenciaciones categóricas, si bien Estados Unidos actualmente es un territorio que abarca múltiples sectores sociales, religiosos y raciales, y si bien Estados Unidos previo a la llegada de los primeros colonos europeos era un territorio habitado por un conjunto de naciones que nada tenían que ver con un modelo político europeo, lo cierto es que la idea primordial de un país llamado Estados Unidos que se establecerá como modelo civilizatorio, ve su nacimiento entre una sociedad blanca que considera a esa tierra como destino. Estados Unidos como país es una invención que solo puede surgir a través de un tradicional ejercicio de exclusión que aparta a la diferencia del demos, y brinda de esta forma, un lazo identitario compartido. La idea de Estados Unidos es una idea moderna, y como tal, atendía a una forma civilizatoria, racional, racial e ilustrada: La blanca. Así, la idea original del país norteamericano, no fue planteada para que diferencias raciales y sociales fueran cobijadas por la nacionalidad y sus derechos, estas diferencias terminan por ser medios para un fin civilizatorio, y el fin civilizatorio era el blanco en sí mismo.

La construcción de la nación estadounidense requirió de tres elementos clave: Una fuerza laboral que abasteciera al mercado interno a través de la producción y comercialización de sus productos, el aseguramiento de sus fronteras inmediatas, y la generación de un discurso mítico que les diera un sentido y horizonte como nación convertida en civilización, este mito es el llamado “Destino Manifiesto”, teoría y pilar mitológico de su idea y proceso imperial.

El Destino Manifiesto es la idea compartida, y proyectada en la política estadounidense, de que Estados Unidos es el país elegido y llamado a establecer un modelo civilizatorio. Es esta idea la que llevó al presidente James Monroe en 1823 a proclamar la doctrina que lleva su nombre, anunciando que América es para los americanos, cuyo mensaje oculto era el anunciamiento de la esfera de influencia estadounidense en el continente, y es este mismo Destino, el fundamento mitológico que implícitamente durante los siglos XIX, XX y XXI se utilizó para llevar a cabo guerras de expansión, guerras de intervención, y apoyar a movimientos anticomunistas en el globo. Estados Unidos, al ser un modelo civilizatorio que se hace imperio, requiere además de fuerza material, un pilar mitológico que justifique de forma divina y natural la necesidad de hacer valer su supremacía civilizatoria en el mundo y así, imponer un modelo universal cuya estructura/jerarquía laboral, burocrática y social, esté encaminada a sostener al imperio hecho civilización.

El Destino Manifiesto es un mito fundacional de una nación, en el que se establece al pueblo estadounidense como elegido, sin embargo, si dios elige a Estados Unidos como pueblo elegido, Estados Unidos elige a los blancos como pueblo, en un proceso similar al acontecido en el viejo continente tras las Revolución francesa, en la que es la burguesía acomodada, blanca, masculina y letrada, la receptora de derechos, así en la reciente federación conformada por las 13 colonias, quienes forman parte de la genealogía estadounidense en tanto país e identidad, es la sociedad blanca, otras identidades quedan ontológicamente excluidas, a pesar de haber permanecido materialmente al interior de esos territorios.

Este destino mitológico de una nación, fungió como enlace identitario que se retomaba ante el estallido de nuevos conflictos autogestionados, sin embargo, ante la emergencia de la segunda mitad del siglo XX, la política estadounidense se enfrentaba a su propia encrucijada, pues la permanencia de sectores sociales no pertenecientes a la identidad blanca que conformaba la idea original de Estados Unidos, demandaba justamente un trato igualitario y el otorgamiento de los mismos derechos civiles, al formar parte del territorio y de sus procesos imperialistas y productivos, así la lucha por los derechos civiles que tuvo como final la negociación y cesión de sus derechos, significó una primera deformación de la ontología del país norteamericano, y supuso una urgencia por flexibilizar la idea original llenada tradicionalmente -y siguiendo a Slavoj Žižek- por un significante blanco, el propio modelo imperial, hegemónico y globalizado estadounidense, así inicia un proceso en el que su expansión al mundo, supone por defecto, el debilitamiento de su marco ideológico original, pues es el liberalismo que promueve, el mismo que lo obliga a abrir su significante vacío tanto que cualquier “otro” puede pasar a tener lugar dentro de él, generando con ello que el significante vacío que se dispone ser conquistado mediante la articulación política de identidades, pase a ser un asignificante ante la presencia en su interior de tantas identidades fluidas que carecen de categoría e identidad política, al ser individualidades cuya identidad es no tener identidad ni definición ¿Qué significante puede haber detrás de ello?

El Destino Manifiesto como parte esencial de Estados Unidos como país, y raíz genealógica de su justificación civilizatoria que parte de un mandato divino, se proyectó a través de las instituciones y relaciones políticas que el país entablaba, con la globalización de sus productos, guerras, cultura pop y modelos de ordenamiento sociopolítico, también se dio la propagación de la idea “americana” como fin civilizatorio a la que aspirar. El sueño americano como sentido de vida de personas, se hace axioma político y es ejemplo de la proyección de poder y sentido (el poder da significado a los conceptos y el significado da sentido a quienes son receptores de esos significados) que Estados Unidos ejecutó como imperio en el resto del mundo, esto en Relaciones Internacionales es llamado soft power.

El sueño americano, se hace una aspiración internacional durante los siglos XX y XXI, arribar a suelo estadounidense para comenzar una nueva vida llena de bonanza, de esta forma escoceses, italianos, mexicanos, chinos, japoneses, etcétera, han arribado al país norteamericano en búsqueda de oportunidades que en sus países no tienen. El sueño americano se hace categoría ideal, y abandona el territorio de lo político e histórico, para arribar al territorio de lo metafísico, por no decir mitológico, este sueño es una aspiración y horizonte ideológico en donde los sujetos de diversas latitudes territoriales, históricas y culturales, desean verse a sí mismos con el valor que ellos perciben que tienen, los ciudadanos del imperio.

De esta forma, el sueño americano podría leerse superficialmente como un concepto contemporáneo y revisado del Destino Manifiesto, una continuación histórica y orgánica del mismo: Estados Unidos como modelo civilizatorio al que aspirar; sin embargo, el sueño americano cuando se lee más profundamente, se revela a sí mismo como la antítesis del Destino Manifiesto, y es que si bien el modelo civilizatorio estadounidense se hace el fin al que aspirar de los ”otros”, con la globalización y modelo imperialista, el significado de ser estadounidense se desvanece aún más, el sueño americano resulta en el sueño multicultural, y no hay nada menos estadounidense para la idea original que se tenía de aquel país, que un multiculturalismo en el que cualquiera puede ser norteamericano. En otras palabras, el sueño americano es el Destino Manifiesto del nuevo Estados Unidos multicultural inventado, ajeno a la idea original que se tenía del país y en contraposición directa con el Destino Manifiesto que si bien, aspiraba al mundo, lo hacía de una forma concreta, de adentro hacia afuera, mientras que el sueño americano, invierte esa fórmula identitaria clave: El mundo aspira a Estados Unidos, no es Estados Unidos el que va hacia el mundo, sino el mundo el que va hacia Estados Unidos, de afuera hacia adentro.

Con la globalización del modelo socioeconómico, y la instauración del capitalismo como proyecto civilizatorio tras la caída de la Unión Soviética, el mundo entra en una etapa en la que las identidades políticas dejan de ser vinculadas por una ideología, y el fenómeno multicultural liberal llena como concepto al significante vacío, haciéndose a sí mismo ideología, pero teniendo profundas diferencias conceptuales en relación con las ideas tradicionales de ideología:

En primera instancia, la instauración del capitalismo como modelo civilizatorio es una falacia en tanto el capitalismo aboga por la desvinculación política de los sujetos, de ahí la creación del individuo, categoría ontológica y esencial para el establecimiento del modelo económico y político liberal: sustrayendo al sujeto de la idea de comunidad, y al colocarlo como fin egoísta en sí mismo, el modelo capitalista queda impedido de convertirse en estructura civilizatoria, pues una estructura de este tipo, requiere de una vinculación identitaria y política, lo cierto es que el capital y sus procesos crean productos y tendencias, nada más.

En segunda instancia y como se propuso anteriormente, un significante vacío que se abre completamente para integrar a toda diferencia, se hace asignificante, pero no a-ideológico. Ante la caída de la Unión Soviética, se da también el derrumbamiento de la gran historia del enfrentamiento ideológico (El fin de la historia de acuerdo con Francis Fukuyama), y en cierto sentido, se cerró el telón de una historia tan visible, en donde dos modelos opuestos se enfrentaban, creando símbolos plenamente identificables a los que las personas se podían alinear, el tiempo contradijo la tesis de Fukuyama, no obstante, el proceso histórico entró una etapa hiperacelerada en donde la ideología se elevó a la categoría de “inexistente”, y es justamente este punto el que explica el por qué la ideología se eleva y no se extingue, la ideología más eficiente es aquella que no se percibe y se viste de sentido común.

Así, de frente al momento histórico en el que el capitalismo acelerado integra los mercados mundiales, y desvincula políticamente a los individuos, creando “identidades” tendencia, de mercado y fluidas, es natural que la ideología se manifieste de la misma forma. El multiculturalismo en sí mismo no es la ideología, sino el rasgo más visible de ella, la verdadera ideología, es la idea de libertad hegemónica. Esta ideología termina por estar blindada, pues por un lado no existe un cuerpo social politizado y vinculado, por otro lado ¿Quién no desea ser libre? La ideología de la libertad termina siendo una ideología pasiva, a la que uno se acerca por voluntad a través de la identificación del ser con las tendencias de mercado -Desde productos y servicios, hasta identidades políticas prefabricadas- de esta forma, la ideología actual a pesar de tener diferencias profundas con respecto al enfrentamiento clásico entre los modelos comunistas y capitalistas, sigue operando para mantener vigente la explotación y sus respectivos roles.

El devenir histórico de Estados Unidos, ha decantado en la aparición de dos países en un mismo territorio, uno que tiene un rumbo mitológico, y otro fundado sobre la ideología de libertad fluida, cuyo contenido y base es inexistente al no definirse, esta contraposición no solo genera tensiones, sino que estas mismas no pueden sino seguir creciendo en contextos que se radicalizan (curioso hablar de un multiculturalismo radical).

La figura clave de este proceso de fragmentación la encontramos en Donald Trump cuya simple idea, sintetizaba el sentir de todo ese Estados Unidos primordial, la aparición de su figura en el territorio político y partidista, significó la renovación de una ideología sólida y visible, la creación momentánea de una quimera que daría vida a un cuerpo social, la recuperación de una mitología nacional que no podía sino revertir los procesos multiculturales que la habían descompuesto y diluido, no obstante, Trump de ninguna forma fue el inicio, sino más bien el resultado orgánico de un camino histórico, identitario y existencial.

Por otro lado, la apelación al multiculturalismo que enarbola el partido demócrata, es una articulación política que, como mencionaría Baudrillard, no parte más que de una simulación en la que se pretende tener lo que no se tiene, en donde detrás de los grandes discursos multiculturales que recubren al territorio como manto, no hay nada, no hay una nación, no hay un esquema axiológico que funja como pilar y tampoco una identidad.

El supremacismo y extremismo, no tiene como origen un odio injustificado, sino que sus raíces se encuentran en el principio original de Estados Unidos y en la idea civilizatoria que cultivó la identidad americana a través del Destino Manifiesto, un destino reservado a los blancos estadounidenses. La agenda política silenciosa de estos individuos, es la reivindicación del Estados Unidos primordial, una reconquista de tierra santa, en su aparente individualismo y acción injustificada, yace una atadura histórica y mitológica con el pueblo elegido, profanado por la posmodernidad. Los ataques indiscriminados que llevan a cabo, son un cuestionamiento al país que habitan y que es habitado a su vez, por diferencias sociales que no eran parte del proyecto de nación original, y que ahora son parte de un territorio, son poseedores de tierra, bienes, derechos, educación, trabajo, familias, etcétera;  en otras palabras, el supremacista se percibe y experimenta ahora como el desposeído dentro de su propio país, no solo de bienes materiales, sino de condiciones sociales y simbólicas como por ejemplo una familia funcional -pues se debe de recordar que todo destino nacional mitológico integra a sus narrativas a la unidad social básica que es la familia, y la construye culturalmente de acuerdo a valores que se vuelven tradicionales- en otras palabras, el supremacista, ciudadano modelo del Estados Unidos primordial y atemporal, pasa a existir ontológicamente como el otro y a vivir sus condiciones materiales, esto existencialmente, es inaceptable para él.

Mientras más pronto se entienda que el modelo estadounidense contemporáneo está fallido, y que en su propia dinámica genera su descomposición social, al radicalizar las posturas a través del multiculturalismo, más pronto se podrán comenzar a generar estrategias y políticas que realmente atiendan el problema de fondo, y este es que Estados Unidos actualmente carece de un ideal compartido que sirva como atadura general identitaria; sin embargo, hallar este ideal, supone reencaminar su modelo socioeconómico y construir una acción social que vincule a los sujetos con la comunidad, para así lanzarse a la reconquista de lo político, en esencia, implica el desmantelamiento del capital como su forma “civilizatoria”, algo difícil de imaginar. El camino histórico elegido por el país norteamericano, de continuar así, solo podrá ser posible con una profunda fractura social al interior del territorio que no hará más que continuar separándose y radicalizandose.

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José Daniel Arias Torres

Colaborador Honorífico de Espacio Global


Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Iberoamericana de Puebla. Redactor y colaborador en medios digitales e impresos. En 2020 publicó una antología de cuentos con Floramorfósis editorial. Fue fundador y coordinador de la sección de “Estudios globales de la Ciencia y Tecnología” en el colectivo de investigación Espacio Global. Sus trabajos han sido seleccionados para formar parte de diversas antologías literarias. En 2021 realizó una pasantía en el Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica en donde propuso y elaboró un proyecto sobre los cruces epistemológicos de las Humanidades, Ciencias Sociales y Ciencias Exactas. En 2022 publicó un libro de investigación de la mano con Asiática ediciones.

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