Introducción
En las últimas dos décadas, el vocabulario estratégico y académico ha incorporado con creciente frecuencia el concepto de guerra híbrida para describir conflictos que ya no se ajustan a las categorías clásicas de guerra interestatal. Estas nuevas formas de confrontación combinan coerción económica, operaciones encubiertas, guerra informativa, presión diplomática, ciberataques y el uso de actores indirectos, todo ello sin una declaración formal de guerra.
La República Islámica de Irán se ha convertido en un caso paradigmático en esta modalidad de conflicto. Desde la Revolución Islámica de 1979, el país ha sido objeto de diversas estrategias de contención por parte de Estados Unidos y sus aliados, intensificadas notablemente a partir de los años 2000. Este artículo sostiene que la denominada “amenaza iraní” funciona más como una construcción estratégica que como una reacción a comportamientos específicos, y que la guerra híbrida contra el país persa debe entenderse como un proyecto más amplio de reconfiguración del orden regional de Asia Occidental (Medio Oriente) y de preservación de la hegemonía estadounidense en el Sistema Internacional.
Guerra híbrida como forma de poder hegemónico
El concepto de guerra híbrida fue sistematizado por Frank G. Hoffman (2007) para describir conflictos que integran, de manera simultánea, medios convencionales, irregulares y no militares. A diferencia de la guerra total del siglo XXI, la guerra híbrida privilegia la ambigüedad, la negación plausible y la fragmentación del conflicto.
También, la guerra híbrida puede entenderse como una forma de ejercicio del poder estructural (hegemónico), en el sentido propuesto por Susan Strange (1994), donde el control de las finanzas, los mercados, la información y las normas internacionales resulta tan decisivo como la fuerza militar. En este marco, las sanciones económicas, la presión diplomática y la producción de narrativas se convierten en armas tan eficaces como la artillería.
Aplicado al caso iraní, este enfoque permite comprender por qué la confrontación no se expresa principalmente en invasiones o batallas abiertas, sino en un estado permanente de hostilidad de baja intensidad normalizado en el discurso internacional.
Triángulo relacional: local, regional, global
A partir de la relación de tres niveles de análisis y de actuación, se destacan los componentes básicos de aplicación: local, regional y global; cada uno actuando con el mismo propósito. Desglosandose de la siguiente manera.
- Dimensión local: guerra económica, social y cognitiva
En el principal aspecto de este rubro destacan las sanciones económicas, las cuales constituyen el eje más visible de la guerra híbrida contra Irán. Desde la imposición de sanciones financieras y petroleras, especialmente tras la retirada de Estados Unidos del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés) en 2018, la economía iraní ha experimentado fuertes presiones inflacionarias, devaluación monetaria y restricciones al comercio internacional (Torbat, 2005; Nephew, 2017). Sin dejar de señalar las ya existentes desde la imposición de sanciones y congelación de activos desde 1979, siendo reinterpretadas y ampliadas en 1987 y 1995; o las que acompañó el Consejo de Seguridad de la ONU en 2006, sumados a otros actores, fechas y motivos para ejecutar lo que se ha denominado “máxima presión”.
Diversos informes de Naciones Unidas han señalado que estas medidas tienen efectos directos sobre la población civil, afectando el acceso a medicamentos, alimentos y bienes esenciales, aun cuando formalmente estén exentos de sanciones (UN Special Rapporteur, 2019). En este sentido, la guerra económica no busca únicamente modificar políticas estatales, sino generar desgaste social interno y erosionar la legitimidad del gobierno.
Junto a las sanciones mencionadas, se despliega una intensa guerra informativa: protestas sociales, conflictos internos y problemas económicos son amplificados en medios internacionales y redes sociales, a menudo, sin contextualizar el impacto estructural de las sanciones. Los medios de comunicación masiva, sectores académicos, intelectuales y “especialistas” de todos los signos ideológicos e iraníes en la diáspora con acceso a medios, corean una narrativa que emerge de los centros de poder hegemónicos que tiene una finalidad concreta, provocar un “cambio de régimen”, afín a sus intereses. Como han señalado Herman y Chomsky (1988), los medios pueden funcionar como mecanismos de fabricación de consenso, seleccionando qué hechos se visibilizan y bajo qué marco interpretativo.
En el caso iraní, la narrativa dominante tiende a reducir la complejidad del país (de su propuesta de gobierno y su construcción político-filosófica) a la dicotomía “régimen autoritario versus democracia” -como se ha visto en otros episodios históricos de sistemas políticos no alineados a la hegemonía-, omitiendo las dimensiones geopolíticas del conflicto y la injerencia externa. Esta simplificación facilita la legitimación de medidas coercitivas bajo un discurso humanitario. Un ejemplo de esto lo han suscitado las diversas manifestaciones bajo diversos rótulos: “protestas estudiantiles”, 1999; “movimiento verde”, 2009; “aumento de los precios de la gasolina”, 2019; “mujer, vida y libertad”, 2022; “protestas de comerciantes”, 2026. Cada protesta legítima existente es cooptada por el discurso mediático dominante para intereses geoestratégicos que desvirtúa a la protesta en sí misma, cuestiona al sistema político vigente y daña la posición soberana del país en cuestión.
Otro componente clave es el uso de los ataques cibernéticos y el uso de la tecnología con estos fines. Por ejemplo, el ataque con el virus Stuxnet contra instalaciones nucleares iraníes que marcó un precedente histórico como el primer uso documentado de un arma digital con efectos físicos (Zetter, 2014). A ello se suman ataques a infraestructuras energéticas, portuarias y de transporte, generalmente atribuidos a actores estatales, aunque rara vez reconocidos oficialmente. Sin dejar de mencionar el asesinato de 14 científicos nuclerares iraníes desde 2010 (implicitamente reconocidos por el régimen israelí, con el aval de Estados Unidos), incluyendo el ataque dual del 13 de junio de 2025: ataque a la cúpula militar, científica e instalaciones nucleares.
2. Dimensión regional: contención indirecta y guerra por intermediarios
A nivel regional, la guerra híbrida contra Irán se expresa mediante una estrategia de contención indirecta. El régimen israelí ha desempañado un papel central en esta dinámica, realizando ataques selectivos contra objetivos iraníes y aliados en Siria, Líbano, Yemen y, por supuesto, Palestina ocupada, incluyendo Gaza y Cisjordania; reconociendo, de manera implícita o explícita, operaciones encubiertas (Bergman, 2018).
Asimismo, los actores cercanos a Irán, son sistemáticamente presentados como meros instrumentos de Teherán, invisibilizando sus raíces locales, su dimensión política, su autonomía y su capacidad de agencia. Esta criminalización de la resistencia generalizada permite justificar acciones militares y sanciones adicionales, al tiempo que refuerza el aislamiento regional de Irán (Norton, 2007).
La normalización de relaciones entre varios países árabes con el régimen israelí, impulsada por los Acuerdos de Abraham, ha reforzado la lógica de cerco estratégico, integrándolos en un sistema regional de seguridad orientado, en gran medida, a la contención iraní.
3. Dimensión global: derecho internacional y doble estándar
A nivel global, la guerra híbrida se apoya en una aplicación selectiva del Derecho Internacional. Los informes de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) confirmaron reiteradamente el cumplimiento iraní del JCPOA hasta 2018 (IAEA, 2015-2018). Sin embargo, estas constataciones no impidieron la imposición de sanciones ni la escalada retórica. Sin dejar de señalar las omisiones o descuidos intencionados del resto de firmantes, pertenecientes a la Unión Europea, con el propósito de crear una especie de pinza para ejercer presión.
Estas acciones contrastan con el tratamiento de otros actores, como el israelí, que no es signatario del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), contrario a Irán que es firmante desde 1968 y ratificado en 1970, sin cambios a pesar de la nueva estrategia desde 1979, pero altamente cuestionado desde 2025, por la parcialidad de sus formas de operar. Esto evidencia un doble estándar que debilita la legitimidad del régimen internacional de no proliferación nuclear (El Baradei, 2011). Desde esta perspectiva, la legalidad se convierte en un instrumento político más de la guerra híbrida.
La respuesta de Irán
Lejos de permanecer pasiva, la República Islámica de Irán ha desarrollado respuestas propias, algunos ejemplos de ello se encuentran en la estrategia de “Economía de resistencia” (Eqtesad-e Moqavemati, en persa) propuesto por el Líder Supremo Ayatollah Seyyed Alí Jamenei en 2007 el cual tiene como objetivo promover la autosuficiencia económica, desaconsejar el consumo extravagante (consumismo) y orientado a un enfoque islámico en la economía. En una reunión con funcionarios y la comunidad empresarial señaló:
Necesitamos una economía de resistencia debido a nuestras características. Somos atacados y sujetos a la malevolencia debido a nuestra independencia, dignidad y nuestra persistencia en evitar ser influenciados por las políticas de las potencias globales. Como pueden ver, en la actualidad, los motivos, obstáculos y problemas que se dirigen contra nosotros son muchos más que los que se dirigen contra cualquier otro país. Por lo tanto, debemos ser más diligentes para fortalecer las bases de nuestra economía y hacerla resistente. No debemos permitir que diversos eventos, fluctuaciones inevitables y conspiraciones maliciosas influyan en nuestra economía. No debemos permitir que estas condiciones surjan. Por lo tanto, necesitamos una economía de resistencia (Jamenei, 2014).
Otro mecanismo de respuesta es el desarrollo de un programa defensivo de capacidades misilísticas, drones y diversos mecanismos militares. Estas acciones se enfocan en crear una disuasión asimétrica avanzada, que incluiría misiles balísticos de mediano y largo alcance (hasta 2, 000 km) y misiles hipersónicos como el Fattah-1. Su arsenal utiliza tecnología nacional de punta, capaz de portar ojivas convencionales pesadas y se almacenan en “ciudades misiles” subterráneas. Estas acciones colocan a Irán como el más grande poseedor de arsenal misilístico de la región, a pesar de las sanciones impuestas por EE.UU, la UE y otros organismos internacionales.
En el contexto de transición hegemónica histórica mundial en donde se observa el declive relativo del poder hegemónico y el ascenso relativo de actores emergentes, el fortalecimiento de alianzas estratégicas contrahegemónicas y multipolares con Rusia y China ha fortalecido la posición iraní. Por ejemplo, en los últimos 10 años, las relaciones entre Rusia e Irán se han intensificado drásticamente evolucionando de una cooperación táctica en Siria a una alianza estratégica, militar y económica profunda, impulsada por las sanciones estadounidenses y aliados y la guerra en Ucrania, al grado de un tratado de asociación a largo plazo firmado en 2025.
De igual forma, en la última década, las relaciones entre China e Irán han pasado de ser un vínculo meramente comercial para pasar a ser una asociación estratégica integral. En 2021 se firmó un acuerdo de cooperación de 25 años que prevé inversiones chinas en sectores como el petróleo, gas, transporte y telecomunicaciones. Además, China facilitó el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Irán y Arabia Saudita, incrementando su influencia diplomática y política en la región.
Además, se ha integrado a bloques regionales o multilaterales como el BRICS+ y la Organización de Cooperación de Shanghai; todo esto como parte de una amplia estrategia de adaptación a la presión externa hegemónica (Katzman, 2023). Esto ha permitido a Teherán proyectarse como un actor global legítimo, desafiando los esfuerzos de aislamiento liderados por las potencias hegemónicas. El respaldo recibido por ambos foros ante recientes tensiones internacionales refuerza su posición política regional.
Diversas autoridades iraníes han señalado que la presión ejercida contra la República Islámica debe interpretarse como una forma de “guerra híbrida estructural” y no como una respuesta reactiva a políticas específicas. Seyed Hossein Mousavian (2014) sostiene que el programa nuclear iraní funcionó como pretexto para una estrategia de contención más amplia dirigida contra la autonomía estratégica del país. En la misma línea, Mohammed Javad Zarif ha argumentado que la narrativa de la “amenaza iraní” cumple una función securitizadora que legitima la militarización regional y el unilateralismo hegemónico sancionador. Para pensadores estratégicos como Ali Akbar Velayati y Yahya Rahim Safavi, la guerra híbrida representa una continuidad histórica de la agresión externa iniciada tras la Revolución Islámica, ahora desplegada mediante instrumentos económicos, informáticos y cibernéticos. Desde esta óptica, las sanciones no constituyen un mecanismo diplomático, sino un arma de guerra que justifica la adopción de estrategias de resistencia activa y disuasión asimétrica.
Estas respuestas, no obstante, también alimentan el ciclo de confrontación, reforzando la narrativa de amenaza y justificando nuevas rondas de sanciones y medidas coercitivas. El resultado es un conflicto latente, activo y ensombrecido.
Excursus: Ataques en sí a la República Islámica
Un tema pocas veces discutido es el ataque directo a la creación de República Islámica en tanto República Islámica, propuesta político-filosófica que emerge en el pensamiento islámico del siglo XX como forma de gobierno ex-novo que articula elementos de una República, en los términos utilizados por el pensamiento europeo, y lo Islámico, a partir de lineamientos propios procedentes del Noble Corán y de la interpretación de la Escuela Yafarí Duodecimana, que recupera la propuesta platónica del “gobierno mixto”, la cual buscaba equilibrar la autoridad de los magistrados con la participación ciudadana, superando los defectos de los “regímenes puros” para evitar la tiranía o la anarquía.
La crítica hegemónica a la República Islámica de Irán, desde luego, no es homogénea ni siempre coherente (procede de todo el espectro político conocido); mezcla argumentos filosóficos, políticos y teológicos, algunos legítimos, otros ideológicos, y en varios atravesados por sesgos orientalistas.
Desde la filosofía política liberal, eje geocultural del sistema internacional moderno (Wallerstein, 2007), se señala que la legitimidad política debe derivar de la voluntad humana racional y no de un planteamiento revelado; por tanto, la República Islámica rompe frontalmente con esta idea al sostener que: 1) la soberanía última pertenece a Dios; 2) el orden político debe orientarse por la Ley; 3) la razón no es independiente de la Revelación. Desde este marco, el sistema político iraní se percibe como: pre-moderno o anti-ilustrado, contrario al pluralismo normativo, incompatible con la neutralidad del Estado. No se discute sólo a Irán, sino la idea misma de una modernidad no secular, pues el pensamiento hegemónico, en tanto tal, suele universalizar su experiencia histórica (las disputas internas del cristianismo o las guerras de religión que dieron paso al secularismo) como si fuera necesidad antropológica, no una contingencia europea y cristiana.
El núcleo de la República Islámica se encuentra en la figura del velayat-e faqih (gobierno del jurisconsulto) (Khosrokhavar y Roy, 2000), el cual registra críticas como que es una forma de autoridad no electiva, una “teocracia irracional” o una negación del autogobierno ciudadano; sin embargo, se ignora (por desconocimiento o intencionado) que el faqih no sustituye al pueblo, actúa como garante normativo, no como monarca absoluto (ni como monarca ceremonial) y existe una combinación de legitimidad divina y legitimidad popular. El pensamiento hegemónico, aún en su pluralidad de voces, suelen leer este modelo con categorías liberales, sin traducción intercultural.
Aunque se niegue, hay un trasfondo teológico-cultural donde, desde el imaginario hegemónico (y lo que influye), se ve que el cristianismo pasó por una secularización en tanto que el Islam no, por lo tanto, el Islam abarcando temas políticos es visto como peligroso (algunos estudiosos han conceptualizado esto como islamismo o Islam político). Esto genera una percepción de religión invasiva, incapaz de privatizarse e incompatible con la modernidad. En realidad, la propuesta del shiísmo iraní sí tiene una teología política sofisticada, pero no calca el modelo europeo.
En este sentido, se teme que Irán sea un ejemplo para otros estados con población mayoritariamente musulmana, pues se ha constituído como una prueba empírica de que el Islam puede producir institucionalidad moderna y que existe una alternativa al secularismo obligatorio. Esto en sí mismo es profundamente inquietante para una modernidad que se concibe como “única vía racional”.
De forma explícita, aunque a veces sutil, persiste una islamofobia, particularmente cuando se habla de la República Islámica de Irán y sus actuaciones (Molina, 2021), cuando se presenta al Islam como monolítico, se equipara automáticamente Islam político con fanatismo, se niega agencia racional a los actores islámicos, se patologiza la religión islámica como amenaza civilizatoria. Esto constituye una islamofobia estructural, no siempre consciente, pues no es odio ni rechazo manifiesto, sino un marco epistémico que invalida al otro. O también se puede señalar un “orientalismo faccioso” o una “islamofobia diferenciada” que reviste vicios de sectarismo y de diferenciar entre las escuelas existentes dentro del Islam para tomar postura por una o por otra, o bien, enmarcar las diferencias de adaptación de acuerdo la escuela procedente: sunismo versus shiísmo, moderados versus radicales/extremistas, etcétera.
Esto genera, por supuesto, una iranofobia, pues esencializa a Irán como un “régimen” sin sociedad, una reducción histórica o un romanticismo por el pasado, se ignora su pluralidad interna (existente como en cualquier otra sociedad) y se niega la legitimidad a cualquier discurso iraní no liberal. Irán es tratado como un actor irracional, un estado “ideologizado” o como una anomalía civilizatoria. Gran parte de la crítica hegemónica parte de supuestos normativos no universales, confunde secularismo con racionalidad y convierte diferencias civilizatorias en déficits morales.
Otra crítica menos filosófica y más estratégica es la crítica ya no sólo por ser islámico sino por tener una propuesta antihegemónica, autónoma, sobre todo, frente a Estados Unidos, contrario a la ocupación de Palestina hasta un grado normativo y legal, además de promotor de un discurso “poscolonial islámico”. La República Islámica rechaza el modelo Estado-nación subordinado, denuncia el imperialismo y propone una soberanía civilizatoria alternativa. Esta posición la vuelve intolerable, incluso si fuese más democrática en términos procedimentales.
La crítica en conjunto hacia la República Islámica de Irán no es sólo política sino ontológica. No cuestiona únicamente lo que Irán hace sino lo que Irán es y lo que demuestra que puede ser. Ahí es donde la crítica se vuelve problemática y donde aparecen la islamofobia epistémica y la iranofobia política.
Conclusión
La guerra híbrida contra Irán constituye una forma de guerra permanente de baja intensidad, con picos de alta tensión, normalizada y legitimada discursivamente, que combina coerción económica, violencia encubierta, manipulación informativa y presión diplomática, sin declaración formal de guerra. Es un laboratorio contemporáneo de las nuevas formas de dominación geopolítica en el siglo XXI, sobre todo, en el periodo de transición histórica hegemónica mundial.
Esta guerra no puede entenderse como una suma de episodios aislados, sino como una estrategia estructural de largo plazo orientada a limitar su autonomía política, económica y regional. A través de afectaciones a la economía, guerra informativa (cognitiva, psicológica) y presión diplomática, se ha configurado un escenario de hostilidad permanente que redefine las fronteras mismas de la guerra convencional. Esto plantea interrogantes fundamentales para las relaciones entre Estados en un marco de igualación y soberanía y, sobre todo, articulados bajo principios del Derecho Internacional y organismos multilaterales en procuración de la paz. Analizar críticamente la guerra híbrida contra Irán no implica negar las tensiones existentes, sino reconocer que la normalización de estas prácticas erosiona las bases mismas de la convivencia internacional y no permite el óptimo desarrollo de los pueblos en su libre autodeterminación.
Fuentes consultadas
- Bergman, R. (2018). Rise and Kill First. Random House
- El Baradei, M. (2011). The Age of Deception. Metropolitan Books
- Herman, E. y Chomsky, N. (1998). Manufacturing Consent. Pantheon
- Hoffman, F. G. (2007). Conflict in the 21st Century. Potomac Institute
- IAEA (2015-2018). Verification and Monitoring Reports on Iran
- Jamenei, A. (2014). «Discurso del líder sobre la economía de resistencia en una reunión con funcionarios y la comunidad empresarial». Khamenei.ir
- Katzman, K. (2023). Iran’s Foreign and Defense Policies. CRS
- Khosrokhavar, F. y Roy, O. (2000). Irán, de la revolución a la reforma. Bellaterra
- Molina, A. H. (2021). “La sutil islamofobia”. Conclusión
- Nephew, R. (2017). The Art of Sanctions. Columbia University Press
- Norton, A. R. (2007). Hezbollah: A Short History. Princeton University Press
- Torbat, A. E. (2005). “Impacts of the US Trade and Financial Sanctions on Iran”. The World Economy.
- Wallerstein, I. (2007). Geopolítica y geocultura. Kairós
- Zetter, K. (2014). Countdown to Zero Day. Crown

Maestro en Relaciones Internacionales, miembro del Centro de Estudios Islámicos, Árabes y Persas “Dr. Osvaldo Machado Mouret”, del Centro Académico de Relaciones Internacionales Espacio Global y del Observatorio de Estudios del Islam en América Latina.












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