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Geopolítica Espacial: el regreso a la Luna. Hacia una nueva competencia en el espacio exterior

Todo el mundo es una luna, y tiene un lado oscuro que nunca muestra a nadie

Mark Twain

Introducción

El pasado primero de abril del 2026, la humanidad dejó de ser una espectadora del cosmos para intentar, una vez más, habitarlo. Al ver cuatro astronautas emprender su viaje de diez días hacia la Luna, recordamos al satélite que ha custodiado nuestros sueños y guiado nuestras mareas desde el origen de los tiempos. Sin embargo, tras el velo de la maravilla técnica, se oculta una realidad más pragmática y gélida: la Luna ha dejado de ser un símbolo poético para convertirse en la ‘octava zona de influencia’. Esta nueva era no es una simple repetición del pasado; es una competencia multidimensional. Mientras que la Guerra Fría fue un duelo de símbolos, la actual carrera entre Estados Unidos y China es una disputa por el liderazgo tecnológico y estratégico. Es aquí donde la Luna deja de ser un satélite inerte para convertirse en la aduana logística del espacio profundo, donde cada base establecida es una ficha en un tablero de ajedrez astropolítico que apenas estamos empezando a comprender.

León (2012), menciona que la carrera espacial del siglo pasado fue, en esencia, una extensión de la gramática del poder. No se trataba de ciencia por la ciencia, sino de una demostración de fuerza militar e ideológica. La ventaja inicial de la Unión Soviética en 1957 encendió las alarmas en Washington, acelerando una maquinaria de inversión que terminaría con el triunfo simbólico del Apolo 11. En este contexto, la Luna no era un destino, sino el podio donde se decidía qué sistema político poseía el liderazgo tecnológico global. Tras el fin de la Guerra Fría, se intentó establecer un marco jurídico que garantizara el uso pácífico del espacio exterior. Sin embargo, el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre (OTS) de 1967, concebido como un pilar de esta gobernanza, enfrenta hoy una creciente crisis de vigencia.

Según Klinger (2021) la arquitectura de seguridad espacial se tambalea ante las pruebas de misiles antisatélite de potencias como EE. UU., Rusia, China e India, que han transformado la órbita en un campo de tiro potencial. Esta militarización, sumada a la creación de la Fuerza Espacial estadounidense en 2019 y a leyes que incentivan la minería privada, sugiere que el espacio ha dejado de ser un ‘patrimonio de la humanidad’ para convertirse en un tablero de competencia estratégica donde el derecho internacional lucha por no quedar obsoleto. En este sentido, la lógica, presente durante la Guerra Fría, continúa vigente en el siglo XXI: quien controla el cielo demuestra también la capacidad tecnológica, económica y política de su sistema.

Entre dos modelos espaciales para ‘conquistar la Luna’

El impulso que moviliza recursos logísticos, científicos y económicos en los programas espaciales de EE. UU. y China tiene como eje central la exploración de la Luna. Más allá de su valor simbólico, el satélite se ha convertido en un punto estratégico para el desarrollo de futuras misiones hacia el espacio profundo, así como para la instalación de infraestructuras permanentes que permitan sostener la presencia humana fuera de la Tierra. En este contexto, el interés por regiones específicas, como el polo sur lunar —donde se presume la existencia de reservas de agua congelada— ha intensificado la atención de ambas potencias. El administrador de la NASA, Bill Nelson, ha advertido sobre la posibilidad de que China busque establecer presencia en esa zona estratégica, lo que podría generar tensiones en torno al acceso y uso de los recursos lunares. No obstante, las autoridades chinas han reiterado que su programa espacial se orienta a la exploración científica y al beneficio común de la humanidad (Blanco, 2025), aunque en su Libro Blanco de Defensa Nacional tiene establecido que el espacio es la cima de la competencia (Jalife, 2020).

Esta desconfianza revela lo que realmente separa a estas dos potencias, que no solo es la tecnología de sus cohetes, sino sus arquitecturas de poder y sus doctrinas de gobernanza. En efecto, EE. UU. ha optado por un modelo de gestión híbrida y descentralizada. A través del programa Artemis, la NASA ha dejado de ser el único constructor para convertirse en un director de orquesta. Este modelo se apoya en un ecosistema de empresas privadas (SpaceX, Blue Origin) que compiten por contratos, fomentando una eficiencia de mercado que busca reducir los costos de acceso al espacio. Desde la perspectiva de las Relaciones Internacionales, el gran acierto de EE. UU. ha sido el uso de los Acuerdos de Artemis publicados en 2020.

Estos no son solo tratados técnicos, sino una herramienta de liderazgo normativo que, al invitar a más de 40 naciones a unirse bajo sus estándares, EE. UU. está “exportando” su marco legal y sus valores democráticos al vacío lunar, intentando establecer reglas de propiedad y seguridad antes de que otros actores puedan proponer alternativas (Pienizzio, 2021). Por lo tanto, esta, es precisamente, la estrategia de la hegemonía a través del consenso técnico, mediante el cual EE. UU. busca moldear anticipadamente la gobernanza del espacio exterior y consolidar su capacidad de definir las normas que regirán la exploración y el aprovechamiento de los recursos más allá de la Tierra.

Por otro lado, en el extremo del tablero, la Administración Espacial Nacional de China (CNSA), que opera bajo la lógica del capitalismo de Estado, disfruta de una continuidad estratégica eficiente, e incluso envidiable, a diferencia de la naturaleza errática de los presupuestos estadounidenses que están sujetos a ciclos electorales. El programa espacial de China se caracteriza por estar fuertemente vinculado al Estado y por formar parte de una estrategia nacional de desarrollo tecnológico y autosuficiencia. A diferencia del modelo estadounidense, el programa chino responde a una planificación centralizada que integra diversas áreas de innovación, como la robótica, la energía y la industria aeroespacial.

La diplomacia espacial china, manifestada en la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS) junto a Rusia, se presenta como la alternativa soberanista. Mientras Artemis es un conjunto de socios, la propuesta china se posiciona como un eje de resistencia para naciones que prefieren un enfoque estatal y centralizado, desafiando el monopolio normativo de Occidente y ofreciendo una visión de la Luna como una base de recursos estratégicos para el desarrollo nacional.

Por lo tanto, la diferencia final radica en la visión del destino. Para Estados Unidos, la Luna es el «Deep Space Gateway», un puerto logístico y comercial que servirá de trampolín para la colonización de Marte en donde su objetivo es la creación de una economía cislunar dinámica (NASA, 2026). Por otro lado, para China, la Luna parece ser vista más como una «provincia energética y minera”; sus investigaciones sobre el helio-3 y el establecimiento de estaciones de energía solar sugieren que China ve al satélite como una solución a largo plazo para sus necesidades de seguridad energética en la Tierra.

¿Por qué la Luna?

Bajo la lente de la geopolítica clásica, la Luna puede entenderse hoy como el nuevo Heartland del sistema Tierra-Luna. Si en el siglo XX las teorías de Mackinder y Spykman debatían sobre el control del pivote geográfico euroasiático para dominar el mundo, en el siglo XXI la Luna se perfila como ese enclave estratégico cuya hegemonía garantiza un mayor Lebensraum (espacio vital) para el futuro. Siguiendo esta lógica, quien logre competir y consolidar su presencia en el satélite, no solo asegura recursos, sino que adquiere la capacidad de proyectar poder sobre la órbita terrestre y más allá, definiendo quién ostentará el control del ‘Rimland’ orbital en las próximas décadas.

La historia nos ha enseñado que el poder no se ejerce en el aire, sino sobre la capacidad de controlar aquello que los demás necesitan para sobrevivir o prosperar. Dentro del análisis de las Relaciones Internacionales, el territorio no se valora por su extensión, sino por su capacidad de proveer recursos críticos y ventajas tácticas. La Luna, lejos de ser un satélite inerte, se ha revelado como el nuevo pivote geográfico, aquella piedra angular del siglo XXI. Por ello, su importancia estratégica no es meramente científica, sino, es una cuestión de supervivencia económica y supremacía militar (Gebrekidan, 2026).

El atractivo de la Luna, que justifica inversiones multimillonarias por parte de las potencias, reside en su composición material y su potencial estratégico. Según investigaciones de la NASA (2026), el Polo Sur lunar alberga agua congelada en sus cráteres de sombra perpetua. Este recurso trasciende el concepto básico de soporte vital; mediante el proceso de electrólisis, el agua puede disociarse en hidrógeno y oxígeno líquido (Molina, 2021). De este modo, el satélite no solo proveería agua potable y aire respirable para los asentamientos humanos, sino que se transformaría en una «gasolinera cósmica»: el puerto de reabastecimiento indispensable para cualquier proyecto de expansión hacia Marte o el espacio profundo (Morelle y Francis, 2026).

Aunado a esto, el Helio-3 —un isótopo casi inexistente en la Tierra pero abundante en el regolito lunar— representa la promesa de una fusión nuclear limpia y altamente eficiente (NASA, 2026). Para potencias como China o Estados Unidos, el control de este recurso no supone únicamente un avance técnico, sino la posibilidad de alcanzar una soberanía energética absoluta, quebrando definitivamente la dependencia histórica de los combustibles fósiles terrestres. En este sentido, la posesión de estos activos redefine la noción de seguridad nacional. Quien domine la extracción de recursos lunares dictará la pauta de la matriz energética del siglo XXI; nos enfrentamos al surgimiento de una «OPEP Espacial», donde el equilibrio de poder ya no dependerá de los yacimientos geológicos terrestres, sino de la capacidad para sostener infraestructura minera en otro cuerpo celeste.

Conclusiones

En primer lugar, el tránsito hacia una visión extractiva marca el nacimiento de una economía cislunar, donde la exploración ha dejado de ser un gasto público a fondo perdido para convertirse en una inversión con retorno comercial estratégico. La Luna, al albergar metales esenciales para la industria tecnológica y de defensa —cuyas cadenas de suministro terrestres se encuentran hoy monopolizadas—, se posiciona como el nuevo centro de gravedad económico. No obstante, este fenómeno colisiona directamente con el OST. La tendencia hacia legislaciones nacionales que permiten la propiedad de recursos extraídos, como el Space Act de EE. UU., sugiere un giro irreversible hacia la Realpolitik, donde la primacía en la llegada establece, de facto, el derecho sobre el recurso.

Bajo esta lógica, nuestro satélite ha dejado de ser una metáfora poética de lo inalcanzable para constituirse como la primera frontera del extractivismo extraterrestre. Esta transición se consolida con la percepción de la Luna como una plataforma de vigilancia y despliegue de tecnología antisatélite (ASAT) sin precedentes. La creación de la Space Force y organismos homólogos en otras potencias responde a la necesidad de blindar estas rutas comerciales y activos mineros en ciernes. En consecuencia, el espacio ha dejado de ser un santuario de investigación científica para transformarse en un dominio de combate, donde la presencia física es la única garantía para la defensa de los intereses orbitales.

En última instancia, el choque entre el programa Artemis y la ILRS representa la colisión de dos cosmovisiones sobre el futuro de la humanidad. Por un lado, un modelo diverso, de cooperación privada y reglas liberales; por el otro, un modelo estatal, disciplinado y centrado en la soberanía de los recursos. En esta nueva arena geopolítica, la Luna ya no es el cielo que contemplamos, sino el terreno donde se definirá cuál de estos sistemas dirigirá el destino de nuestra especie entre las estrellas. El desafío para nuestra generación no será sólo tecnológico, sino ético y normativo: ¿seremos capaces de gestionar la riqueza lunar como un patrimonio común de la humanidad, o estamos simplemente trasladando nuestras fracturas terrestres a las sombras de la superficie lunar?

Referencias

Blanco, U. (16 de enero de 2025). La carrera entre EE.UU. y China por conquistar el espacio: estas son las próximas misiones y sus objetivos. CNN. https://cnnespanol.cnn.com/2025/01/16/ciencia/carrera-ee-uu-china-espacio-misiones-que-busca-orix

Jalife, A. (2020). El Libro Blanco de China sobre su política de defensa nacional en la Nueva Era. Sputnik. El ‘Libro Blanco’ de China sobre su política de defensa nacional en la ‘Nueva Era’ – 18.09.2020, Sputnik Mundo

Klinger, J. (2021). La geopolítica del espacio exterior. Anuario Internacional CIDOB 2021. https://www.cidob.org/sites/default/files/2024-07/140-141_JULIE%20MICHELLE%20KLINGER_PILDORA.pdf

León, J. (2012). La Guerra Fría y la Carrera Espacial. Un breve análisis histórico. Pasaje de la Ciencia, 14-20. https://pasajealaciencia.es/2013/pdf/03Leon.pdf

Molina, F. (2021). Geopolítica espacial y búsqueda de recursos. Instituto Español de Estudios Estratégicos, 21, 512-529. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7957079

Morelle, R y Francias, A. (31 de marzo del 2026). Artemis II: recursos naturales valiosos y otras 4 razones por las cuales la NASA quiere volver a la Luna después de 50 años. BBC News. https://www.bbc.com/mundo/articles/cp86v5ge9z1o

NASA. (26 de marzo del 2026). Gateway, international teams of astronauts will explore the scientific mysteries of deep space with Gateway, humanity’s first space station around the Moon. https://www.nasa.gov/mission/gateway/ 

NASA. (29 de enero del 2026). La NASA descubre que el regolito lunar limita la posibilidad de que los meteoritos sean la fuente de agua de la Tierra. NASA. https://ciencia.nasa.gov/sistema-solar/la-nasa-descubre-que-el-regolito-lunar-limita-la-posibilidad-de-que-los-meteoritos-sean-la-fuente-del-agua-de-la-tierra/

Prado, E. (2020). Sobre la exploración, explotación y utilización de los recursos naturales en la Luna. Revista Tiempo de Paz, 136, 8-16. https://revistatiempodepaz.org/wp-content/uploads/2020/06/LA-EXPLOTACI%C3%93N-DE-LOS-RECURSOS-NATURALES.pdf

Pienizzio, A. (2021). Los acuerdos Artemisa y el futuro de la exploración espacial: un análisis a la luz de los postulados del Derecho del Espacio. Boletín Informativo del Grupo de Jóvenes Investigadores, 12, 43-47. https://sedici.unlp.edu.ar/handle/10915/122900

Gebrekidan, S. (3 de abril de 2026). La carrera por el futuro de la luna. The New York Times. https://www.nytimes.com/es/2026/04/03/espanol/mundo/carrera-espacial-luna-china-nasa.html

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