La situación de guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán ha reconfigurado la geopolítica y el equilibrio de poder en el Medio Oriente. Irán e Israel, como enemigos existenciales, han sido rivales desde la Revolución iraní;ahora buscan ocupar el puesto de potencia regional. El resultado de este conflicto —aún en negociaciones durante la redacción de estas palabras— definirá nuevas perspectivas de poder en el Medio Oriente. Hasta ahora, el veredicto entre los actores involucrados evidencia un debilitamiento general de la producción energética de los países del Golfo, un Ayatolá impenetrable aún más radical, un Donald Trump con pérdidas políticas y un Benjamín Netanyahu frustrado con la constante necesidad de un estado de guerra permanente. Al final, los grandes perdedores siguen siendo las víctimas de guerra y la economía internacional que nos afecta indirectamente.
EL RECUENTO DE LOS HECHOS
El inicio del conflicto se gestó en Irán desde diciembre del 2025. El descontento de las generaciones más jóvenes es consecuencia de una crisis interna exacerbada por las sanciones económicas internacionales sobre Irán y la tendencia del régimen Ayatolá a invertir en su capacidad militar en lugar del bienestar de su sociedad. Como resultado de la devaluación del rial iraní, el ataque al sistema de tipo de cambio múltiple, el aumento de la inflación, la sequía, los sueldos bajos y la falta de empleo, motivaron una serie de revueltas masivas —comparadas con las protestas de 2022 y 2009— por todo Irán durante enero del 2026. Como es conocido, la respuesta del gobierno se tradujo en una represión brutal de las movilizaciones, aislamiento en comunicaciones, miles de detenidos y muertos por igual.
Aunque la reacción de la sociedad internacional se limitó a una condena energética de las brutalidades, Estados Unidos e Israel aprovecharon la oportunidad para una intervención. Tras un discurso del presidente estadounidense llamando al pueblo iraní a levantarse en armas, rápidamente la retórica cambió hacia la “amenaza” que representa la permanencia del programa nuclear iraní. Dicho discurso sirvió de justificación para que, durante todo febrero, se desplegaran fuerzas militares en toda la región por parte de ambos países aliados. La reacción de Irán fue una advertencia, ante el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas, de responder con fuego ante cualquier ataque como acto de legítima defensa.
A pesar de los esfuerzos de Omán como país mediador para lograr un acuerdo pacífico de controversias entre las partes, el 28 de febrero sucedieron los primeros bombardeos estratégicos Washington-Tel Aviv hacia edificios importantes de Teherán. Esta operación denominada “Furia Épica” provocó la muerte de Alí Jameneí, líder supremo, y de diferentes miembros de las fuerzas armadas y políticas de Irán. Haciendo uso de sus palabras, la nación persa realizó un lanzamiento de misiles balísticos dirigidos tanto a Israel como a las bases militares estadounidenses en la región, lo que involucró a un total de 9 países del Medio Oriente en esta situación de conflicto.

Marzo estuvo marcado por la guerra. Se cerró el estrecho de Ormuz, se detuvieron productoras petroleras, hubo ataques a la frontera sur del Líbano y la muerte de más personajes del régimen iraní, estos dos últimos altercados de mano de Israel.
Ante la extensión del conflicto, y tras una serie de amenazas por parte de Donald Trump el 21 de marzo sobre atacar fatalmente las infraestructuras eléctricas y de desalinización de agua de Irán, el 23 de marzo se obtuvo una primera propuesta de resolución, el llamado plan de 15 puntos, bajo la mediación de Shehbaz Sharif, primer ministro de Pakistán. Sin embargo, Irán desmintió su participación en la elaboración de dicho plan. En la espera de una respuesta iraní formal, se retrasaron los ataques en diferentes lapsos hasta que, finalmente, el 8 de abril se logró el alto al fuego para todas las partes por un plazo de quince días, así como un (contra)plan de 10 puntos aceptado por Irán.
Hasta el momento, la situación se encuentra en un punto muerto de alta tensión;las negociaciones en Islamabad están estancadas. Aunque el plazo de alto al fuego terminó, hay una relativa paz bajo coacción en lo que se llega a un punto medio respecto al programa nuclear. Sobre la apertura del estrecho de Ormuz, se encuentra bloqueado por parte de Estados Unidos debido a las condiciones de peaje de Irán. Por último, Israel sigue atacando la frontera sur del Líbano.
TODAS LAS DE PERDER
La estrategia de Irán de convertir el conflicto en una “guerra de desgaste” se debe a que es consciente de su posición geopolítica de control sobre el estrecho de Ormuz, y a que no hay mejor forma de doblegar a Washington que atacando el comercio mundial. Se debe tomar en cuenta que Estados Unidos está pasando por una crisis hegemónica; a consideración del Dr. Jaime Isla Lope y la Dra. Virginia Petrova, muchas de las acciones agresivas de la política exterior estadounidense pretenden recuperar una hegemonía perdida en un mundo multipolar que está pasando por una transición de poder. Para el Dr. Gustavo L. Ribeiro, se trata de “un discurso obvia y agresivamente imperialista […] una búsqueda del imperio perdido, con la arrogancia de los que temen que su país no durará mucho tiempo en la hegemonía del sistema mundial”.
Los objetivos y expectativas de Estados Unidos sobre el conflicto con Irán difirieron mucho de lo esperado. La estrategia dictaba una intervención rápida, mediática y efectiva, tomando como referencia actuaciones “triunfales” del 2026 bajo la doctrina de decapitación. Así se neutralizaron objetivos de alto valor como Nicolás Maduro en Venezuela y El Mencho en México —también la muerte de los líderes Yahya Sinwar e Ismail Haniyeh de Hamas y Hassan Nasrallah de Hezbollah en 2024—. Además, se incluye la Guerra de los 12 días en junio del 2025, una operación en conjunto con Israel que se concentró en la neutralización del programa nuclear, y se presentó ante los medios como una “victoria absoluta”.
Washington siempre ha tenido intereses en Irán debido a sus ricas reservas de recursos energéticos y sus pases de tránsito marítimo estratégicos. Recordemos que Irán formaba parte de la política de los Twin Pillars que la doctrina Nixon promovió en el Golfo Pérsico; también apoyaron el golpe de Estado de 1953 que restituyó la monarquía de la dinastía Pahlavi y, paradójicamente, el actual avance nuclear de Irán que busca destruir fue impulsado originalmente por el programa Átomos para la Paz, firmado por Dwight D. Eisenhower. Con la Revolución Islámica de 1979 y la conversión del país en una república teocrática, el régimen Ayatolá pudo disponer de todas las capacidades de su país sin intervención de Occidente.
De esta forma, los objetivos de Estados Unidos en esta guerra han sido poco claros. Desde la “liberación del pueblo iraní” —que conlleva explícitamente terminar con el régimen Ayatolá— hasta poner fin al programa nuclear y balístico, aunque en junio de 2025 el asunto nuclear se consideraba zanjado. Resulta irónico que Washington desaprovechara la propuesta iraní del 26 de febrero en las negociaciones de Omán, donde Teherán se comprometía a eliminar sus excedentes de uranio, suspender el enriquecimiento por tiempo prolongado y aceptar una vigilancia rigurosa del Organismo Internacional de Energía Atómica, incluyendo la reducción de sus niveles de pureza al 60%.
A la presión interna —donde existe un débil apoyo popular y se acercan las elecciones presidenciales de medio término en noviembre— se le agrega la presión externa que implica el cierre, por parte de la Guardia Revolucionaria, del estrecho de Ormuz. Uno de los pasos de estrangulamiento en las rutas marítimas clave para el comercio internacional, por donde pasa el 20% del tránsito petrolero, cuyo cierre ha llevado a la inflación de los precios de petróleo hasta 120 dólares por barril.
Se suman los múltiples recursos estratégicos de los que dependen múltiples industrias en Asia, así como la estructura energética de Europa y África. Los países del Golfo, aparte de ser exportadores de petróleo y de gas natural licuado, exportan fertilizantes, cuyo retraso afecta los cultivos y puede llevar al aumento de precios de alimentos; también producen helio, imprescindible para la construcción de chips en la industria tecnológica, así como azufre, del cual, del ácido sulfúrico, se procesa el cobre.

Por último, cabe recalcar que Estados Unidos se ha construido una reputación —no respetar los acuerdos o salir de los mismos de forma unilateral— que limita sus acciones en la diplomacia, y es poco probable que reciba una oferta tan buena como la propuesta en Omán.
EL ARQUITECTO DEL CONFLICTO
Una variedad de expertos del Medio Oriente —como el Dr. Moisés Garduño, el Dr. Juan Manuel Portilla Gómez, el Dr. Haizam Amirah Fernández o el reportero Gideon Levy— considera que el principal actor con interés en impulsar la situación de guerra es Israel. Su alianza con Washington se guía, aparentemente, por un mismo objetivo: la destitución del régimen Ayatolá; sin embargo, la extensión de la guerra llevó a la alianza a divergir, ya que sus intereses son contrarios.
Específicamente, Israel está proyectando el actuar hegemónico de Estados Unidos en el mundo a nivel regional, ya que la extrema derecha israelí busca constituirse como la potencia dominante en Medio Oriente. Para ello cuenta con una política exterior maximalista constituida a través del Plan Yinon, el cual pretende la fragmentación de los países árabes vecinos para la supervivencia de Israel por medio de divisiones étnicas o sectarias. A la par, este plan se complementa con la noción del Gran Israel, donde la parte sionista ultraortodoxa considera que la tierra prometida de Israel corresponde concretamente a las fronteras bíblicas, por lo que la religión justificaría la intención expansionista del proyecto.

Es así como Tel Aviv ha construido una narrativa de Irán bajo la imagen del enemigo jurado, una amenaza existencialista; por encima de una disputa por la hegemonía, se sitúa en la supervivencia absoluta. A diferencia de Washington, donde mantener el flujo de comercio internacional es la prioridad, la estrategia maximalista israelí ve en la guerra de 2026 una oportunidad única para la balcanización de Irán. El objetivo trasciende el cambio de régimen; se trata de destruir por completo a Irán como Estado, siguiendo el modelo de fragmentación aplicado en Siria, Iraq, Líbano —desmantelar el Eje de la Resistencia—. Convertir a Irán en un Estado fallido sin capacidad de reconstruirse es la verdadera aspiración.
Esto explica por qué el alto al fuego es contrario a los objetivos de Israel, quien constantemente ha tratado de estropear las negociaciones de paz —como lo fue la muerte de Alí Larijaní, de los pocos funcionarios iraníes capacesde mediar entre los conservadores y los pragmáticos del régimen—. Netanyahu necesita de un estado de guerra permanente para garantizar su legitimidad y evitar sus juicios por corrupción, órdenes de arresto internacional y la fragilidad de su coalición. Por ello, desvinculó el frente en el Líbano del alto al fuego; todavía realizó lanzamientos de bombardeos masivos contra zonas urbanas y civiles, como una demostración de fuerza previa a la condena internacional que le impidiera actuar a futuro.
IRÁN IMPENETRABLE
Para desconcierto de Trump y Netanyahu, la razón por la cual la guerra se extendió más de lo esperado se debe a que subestimaron ampliamente a Irán. Para Teherán, la clave para ganar la guerra se encontraba en resistir. La inversión en su sistema militar le otorgó una defensa balística impresionante. Además, confiaban en el terreno de su territorio que impide a Estados Unidos enviar tropas terrestres ante el riesgo de una guerra asimétrica, y aparte asediaron el estrecho de Ormuz, siendo conscientes de su posición estratégica en la región. Los impulsores de la guerra no tomaron en cuenta dicha capacidad de resistencia del bando enemigo, ni se previó un plan de contingencia. De aquí provienen las amenazas fatales hacia infraestructuras civiles y los ataques concentrados a la isla de Kharg, de donde sale el 80% de la industria petrolera iraní.
El objetivo de terminar con el régimen Ayatolá se trató bajo esta doctrina de decapitación; es decir, apuntar al líder supremo de la misma forma que se apuntó a otros líderes. Sin embargo, la estructura del régimen iraní es bastante compleja;durante años, la organización de su sistema de gobierno fue cuidadosamente planeada para garantizar su supervivencia aun sin líder. Así que, tan pronto se confirmó la muerte de Alí Jameneí, retratado como Santo Mártir, fue reemplazado por su hijo Mojtaba Jemeneí. Lo mismo sucedió con los otros funcionarios que han sido asesinados. Dichas muertes han provocado que sus sustitutos sean personajes formados alrededor del esplendor militante de la Guardia Revolucionaria, lo que se traduce en figuras mucho más represivas, radicales y reacias a negociar en comparación con sus predecesores.
A esto se suma la cuestión demográfica. Aunque Irán cuenta con una diversidad étnica —kurdos, azeríes, baluchis y árabes—, el cálculo de Washington y Tel Aviv de provocar un colapso interno desde una revolución de las periferias falló. El régimen ha sabido utilizar el temor a la amenaza externa para cohesionar la identidad de una población que prioriza la integridad de su nación frente a lo que perciben como la intervención de potencias extranjeras en los asuntos de su país. Esto también explica por qué no existe una oposición que reemplace el régimen, ya que la figura del Sha tampoco tiene un peso significativo.
Al igual que Israel, Irán también considera que se trata de una guerra existencial. Su ejército, la Guardia Revolucionaria, observa en sus miembros a la última arma del Estado, capaz de llegar a los más grandes extremos —acabar con los puertos, los pozos, el estrecho o con todos los países del golfo—; bien lo advirtieron en su comunicado sobre el art. 51 de Naciones Unidas: si el régimen cae, si Irán se destruye, no lo hará en silencio.
Se puede decir que el poder de negociación lo tiene Irán. Ya estaba dispuesto a ceder en su programa nuclear desde Omán; su eje de resistencia está lo suficientemente debilitado como para dejar invertir en estos grupos, y controla el estrecho de Ormuz; entre sus condiciones, espera un reconocimiento formal de Washington y Tel Aviv sobre su responsabilidad en la guerra, así como garantías de que no volverán a atacar.
EL CIERRE GEOPOLÍTICO
En cuanto al resto de los actores internacionales, brillan por su ausencia. La mayoría de los analistas observan los bombardeos de Estados Unidos a Irán como una forma indirecta de dañar a China, siendo el 80% de su petróleo de Irán. Sin embargo, desde que inició el conflicto, China no se ha pronunciado. Ya que, a menos que haya una recesión económica mundial, China ha optado por una neutralidad oportunista. La relación Pekín-Teherán es asimétrica; Irán depende del yuan y la tecnología militar china debido a las sanciones internacionales. Pero China cuenta con reservas de petróleo crudo y no tiene una relación comercial tan estrecha; de hecho, el mayor socio de China en Medio Oriente es Arabia Saudita.
A Rusia esta situación le beneficia en particular; sin el GNL de Medio Oriente, Europa no tiene más remedio que recurrir al gas ruso. Continuando con Europa, Austria, España, Francia, Suiza, Italiae incluso Polonia se pronunciaron en contra de la guerra, y se negaron a que Estados Unidos utilizara sus espacios aéreos para el tránsito de aeronaves. La preocupación de los países europeos se encuentra en una posible crisis energética, por la que culpa a Washington; a la par, Donald Trump culpa a la OTAN por su falta de intervención, alegando que es la causa de la extensión de la guerra.
En cambio, los países del Golfo enfrentan otra situación. No se unieron en contra de Irán al comienzo de la guerra como se esperaba y la posición de sus economías puede realmente dañarse. Sin embargo, para países como Arabia Saudita, que Irán se debilite estructuralmente significa reconfigurar el equilibrio de poder en la región a favor de todo Oriente Medio. Argumentan que la región ganaría mayor seguridad y menor riesgo geopolítico en general, de tal forma que sería más estable, predecible y atractiva para el capital extranjero, a salvaguarda del Plan de Visión 2030 de Mohamed bin Salmán.
Pero resulta contradictorio: a pesar de que los países del Golfo tienen bastantes inversiones estadounidenses —de las cuales depende el funcionamiento del dólar como divisa—, esta situación bélica, provocada por su benefactor e Israel, convierte a la región en un activo poco pacífico para el turismo y las inversiones. Cabe agregar que los países del Golfo ya están siendo conscientes de su evidente posición como “aliados de segunda”, a la cual Washington los ha reducido, donde los intereses de Israel están primero.
Otros actores dignos de mención son las organizaciones étnicas y religiosas. Actores no estatales como los hutíes de Yemen en el estrecho de Bab al-Mandab o las milicias kurdas —quienes funcionan como variables de presión impredecibles desde el desmembramiento de las soberanías nacionales— tuvieron actuaciones que pudieron agravar el conflicto, pero que fueron contenidas y limitadas.
En última instancia, las perspectivas de reacomodo geopolítico observan una reconfiguración extractiva. El Dr. Moisés Garduño encuentra la racionalidad detrás del actuar estadounidense en una inclinación de la balanza del mercado internacional a conveniencia de quienes sustituirían los recursos que Medio Oriente ya no puede ofrecer: empresas transnacionales como Chevron. En el caso de Israel, los beneficios son más evidentes: mantener soberanías fragmentadas y recursos bajo custodia militar le da la libertad de explorar yacimientos de gas y petróleo fuera de sus fronteras. Tales son los campos de Qana o Karish en el Líbano o Gaza Marine en Palestina, para consolidar un hub energético en la cuenca del Levante. Esta demostración de intereses de competencia energética y la posible reconfiguración energética es lo que verdaderamente presiona a los países del Golfo, y a todos nosotros, a detener la guerra.

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Licenciada en Relaciones Internacionales a través de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Sus áreas de interés abarcan los estudios regionales de Asia, la digitalización y la geopolítica. Fue asistente de investigación por el CONAHCYT y actualmente es editora en Siglo XXI Editores.














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